Días de Colegas.

Desde que vine al mundo hace ya más de cuatro décadas he tenido la suerte de hacer muchos amigos – o colegas, como decíamos en el barrio -. Muchos de ellos los conservo, otros se me han separado un poco por los avatares de la vida. De mi vida, de sus vidas. Con lo movida que ha sido mi vida hasta ahora, he disfrutado de conocer a mucha gente y hacer muchos amigos, aunque es verdad que en muchos momentos en que me han pasado cosas duras, me he aislado un poco. Necesito tiempo en soledad para superar momentos duros.
Días de Colegas. - 2017 - 2018
Figura 1: Días de Colegas.

Hoy en día tengo buenos amigos. Amigos con los que mantengo las mismas reglas de los colegas de barrio de siempre. “Esto es de primero de colegas“, les digo. Buenos colegas hoy en día. Gente que se preocupa por mí y que está disponible para cuando tiro de ella, pero hoy os quería hablar de lo importantes que fueron mis colegas del barrio. De la primera mitad de la vida. De esos que estaban allí en Móstoles, viviendo situaciones similares a mí. Y cómo me apoyaron. Y especialmente de algunos de ellos.

Tendría 17 años y fue cuando conocí a una de las personas que más influyó en mi vida durante esos años. Pasé con él hasta los 20 años, más o menos, en una estrecha relación que me permitió descubrir valores en personas que me ayudarían mucho en el futuro. Fueron días de colegas en el barrio en los que me pude haber perdido definitivamente en la vida, y mis colegas me ayudaron a que no lo hiciera.

He de decir que cuando puse el nombre al Dragón Juancho lo hice un poco pensando en mi amigo Juancar, tres o cuatro años o así mayor que yo, y del que me quedé prendando con 17 años. Su fortaleza como persona era única. Un líder nato para los adolescentes del barrio de aquel entonces. Un héroe para un joven como yo. Se quedó huérfano por culpa de un fatídico accidente de tráfico y vivía solo en una casa, lo que hizo que se convirtiera en nuestro centro de reuniones, fiestas y aventuras. Era la pieza central que juntaba el grupo de amigos que nos reuníamos con él.

Era moreno, alto, fuerte, divertido, guapo para las chicas a las que volvía locas, y estaba alcoholizado perdido. Bueno, no solo él, también todos los demás. Eran años en los que la fiesta duraba de lunes a domingo y en los que mientras que yo hacía mi último curso antes de entrar a la universidad, el antiguo C.O.U., y mi primer curso en la Escuela Universitaria de Informática de Sistemas, estaba agarrado a un cubata, una cerveza, un cigarro o lo que pillara a mano.

Las fiestas eran de lunes a domingo. Jugábamos a las cartas. A juegos de mesa. A juegos de beber. Disparábamos perdigones contra dianas en el pasillo. Jugábamos a mil juegos en un AMIGA 500. No iba a dormir a mi casa casi ningún día. Saltábamos de coche en coche por la noche. De garito en garito. Nos metíamos en líos con chicas en los pubs de Móstoles. Nos querían pegar por querer ligar con unas chicas, nos quitábamos las novias – o ellas nos compartían -, nos reíamos hasta llorar con chistes estúpidos o con bromas que nos hacíamos unos a otros. Devorábamos raciones de patatas bravas en la cafetería La Flecha de Móstoles, y dormíamos cuando podíamos y dónde podíamos.

Es difícil recordar todos los detalles de algo que pasó hace más de 22 años. Fueron dos o tres años extraños en los que amigos se tragaron monedas jugando a meterla en el vaso, en los que hacíamos las locuras de juventud que hacen hoy en día los chavales, botellones, acampadas, concursos de beber cerveza, etcétera – pero sin Instagram, Twitter o WhatsApp -. Éramos jóvenes, de Móstoles, sin haber casi salido de allí en la vida, y estábamos un poco perdidos en el mundo. ¿Qué más daba? ¿Qué nos depararía el futuro?

Lo cierto es que, a pesar de esos excesos de juventud, yo conseguí sacar una buena media de 7.5 en C.O.U., con varios sobresalientes, varios notables y un bien, lo que me dejó en una buena calificación para hacer la selectividad y entrar en la universidad. Pero tampoco es que me importara mucho en aquel momento. Estaba disfrutando mis días de colegas, y parecía imposible que me fuera a librar de acabar trabajando en una obra como todos los miembros de mi familia.

En aquellos momentos, cuando mejor me lo estaba pasando con los colegas, fue Juan Carlos el que siempre estuvo detrás de mí. Mi colega, mayor que yo, huérfano, alcoholizado, alegre, guapo, simpático, empático y buena gente, fue el que me puso los puntos sobre las íes. El que me obligaba a estudiar cuando tenía examen. El que me regañaba si no me levantaba para ir al instituto.

“Chema, tú vales. Tú eres buen estudiante, eres listo, y tienes que llegar lejos. No puedes quedarte en solo la fiesta. No puedes dejar que la vida te lleve. Tienes que estudiar, acabar tu carrera, y llegar lejos. No te quedes en un bar jugando a las cartas y bebiendo cubatas.”

Con Juancar me he pegado, he discutido, me he abrazado, compartimos chicas y fiestas. Incluso libros, que compartía la afición de la lectura de los libros de Stephen King. Amigos y aventuras. El tiempo y la vida se lo llevó a vivir lejos. Canarias, Brasil, quién sabe dónde anda ahora. Pero siempre me marcaba para que estudiara. Se acordaba de mis exámenes y me obligaba a presentarme y sacar buenas notas. Entre fiesta y cubata. Y yo le hacía caso, porque era como mi hermano mayor. Un hermano mayor muy especial.

Después me eché mi primera novia, Bali, – con la que estuve un par de años -, empecé a centrarme un poco y dejar tantas fiestas. Mis colegas decían que estaba en un “viaje de regresión astral”. Juancar estaba contento conmigo, pero aun así mis colegas quisieron quitarme a la novia. ¡Panda de alimañas!

Puse la cabeza a mirar al futuro, y empecé a trabajar en el verano antes de entrar en la universidad. Trabajé en una obra como albañil para poder comprarme luego mi primer coche (un Seat Ibiza negro de la primera edición). No sabía qué haría en el futuro para ganarme la vida, pero cuando llegaba de la obra a la estación de Móstoles donde me esperaba Bali, con los dedos ensangrentados por los cortes con las esquirlas del ladrillo tosco que se metían dentro de los guantes, le decía algo a mi novia:

“¿Ves estos dedos sangrando? Pues que te quede claro que voy a estudiar y trabajar duro para que estos dedos no toquen más que un teclado y un ratón en el futuro”.

Y ella me ayudó a buscarme la vida dando clases particulares. Como curiosidad, su madre era profesora, y también me ayudó y entablamos una buena relación de amistad. De hecho cuando yo tenía 19 años, ella me decía: “Tú no lo sabes aún, Chema, pero vas a llegar lejos y yo te veré en la televisión y diré. Ése de ahí, tomaba café en mi casa”. Y acabó llevando razón como aún me recuerda.

En el año 1996, con 21 años, cuando estaba a punto de terminar mi primera etapa en la universidad, volvía a encontrarme con Yuyi. Una chica con la que había compartido 8º de EGB en el Colegio Público Pablo Sorozabal. Nos vimos, y quedamos a tomar un café en La Flecha. Llegué a la cafetería andando y ella llegó con su flamante Renault Megane verde. Tenía el modelo que acababa de salir al mercado. “Una niña pija”, pensé. Lo que son las primeras impresiones. La pobre trabajaba 12 horas todos los días junto a su familia en una fábrica para vivir.

Pero cuando abrió el maletero del coche me ganó. Lo abrió y me enseño una caja llena de libros de informática. “Son para ti”, dijo. Un tesoro, pensé. “No puedo aceptarlo, es un regalo muy caro”, respondí. Se rio y me dijo:

“Si no los quieres los voy a regalar a otro o tirar, tú verás. Son para ti, que estudias, y seguro que te ayudan a terminar tus estudios y aprender más. No hay muchos buenos estudiantes, y tú eres uno de ellos. Ya eras un empollón en el colegio, así que… aprovéchalos”.

No sabía Yuyi lo que estaba haciendo, pero me apoyó para poder empezar a trabajar como informático. Gracias a esos libros, conseguí mis primeros trabajos como informático. Tampoco sabía Yuyi, ni yo mismo, que años después compraría a 10 metros de donde aparcó el coche, en la joyería Felipe II, el anillo de pedida que nos llevaría a ser padres de Hacker & Survivor. Más un montón de vivencias, buenas y malas, que de eso va la vida. De que te pasen cosas buenas y malas hasta que ya no te pasa nada.

Pero aquel día, con 21 años, decidía aceptar los libros y aprovecharlos. Los leí, los compartí con mi colega-hermano Rodol, los debatimos juntos, y comenzamos a trabajar por primera vez en algunos trabajillos como informáticos. Eso sí, yo tuve que hacer con Rodol como Juancar hizo conmigo. Rodol estaba trabajando de repartidor con un amigo en una furgoneta y le dije un día:

“Vamos a montar una empresa tú y yo de informática, tenemos que hacer más que trabajar en una obra y cargando lavadoras”.

Y él me dijo:

”Ni de coña, ¿estás loco?”.

Pero esa es otra historia que ya os contaré. Lo cierto es que, en el barrio, además de salir de fiesta, de estar con chicas, de disfrutar los cachondeos con mis colegas Yustav, Molallan, Bali, Clara, David “Rabo” (no preguntéis por el mote), Rodol, Romero, Fontecha, Yuyita, David el Rubio, Ipe, Raúl el Beatle, Fabio o Charly – por citar solo algunos de mis amigos de la primera mitad de mi vida -, encontré a un montón de gente que quería salir adelante y que me apoyaron. Gente humilde que quería avanzar en el mundo y que me animó a continuar el largo camino que hay desde que estás sentado en un banco del parque en la Calle Barcelona de Móstoles en el barrio de La Loma hasta mi sitio hoy en el mundo.

Yo tenía solo 21 años, y toda esa vida está en la primera mitad de mi existencia, pero me ayudó. Si tú das con colegas en tu misma situación en tu barrio, con aspiraciones, y que te apoyan cuando te pierdes, tienes un tesoro. Valora lo que te aportan, y apórtales lo que puedas.. Hay gente que tiene contactos, enchufes o padrinos en la vida. Los chicos del barrio solo tenemos colegas sin contactos, enchufes o padrinos. Para mí fueron días extraños, pero sobre todo, días de colegas que me marcaron para siempre.

Saludos Malignos!

Por | 2017-08-25T17:14:03+00:00 agosto 25th, 2017|Hacking|Sin comentarios

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